jueves, 20 de febrero de 2014

20 de febrero.


Él tenía miedo, huía de todo aquello que le hacía perder el control sobre su vida. Vivía a medias. Buscaba esa sonrisa cálida en los bares. No quería encontrarla. No quería complicaciones. Pensaba que así estaba bien.
Ella hacía el suicida por la vida. No tenía miedo a nada. No podía tomarse nada en serio. Moría cada noche para volver a nacer al día siguiente. Estaba cansada.
Esa noche ambos salieron como cada noche. Sin expectativas más allá de unas cuantas risas y un poco de calor en algún bar. Cuando se cruzaron en aquel callejón, todavía no sabían que ese instante lo cambiaría todo. 
Ese 20 de febrero él y ella volvieron a vivir.

Eran unos extraños, pero se conocían de toda la vida. Nunca habían hablado. Nunca habían pensado en hacerlo. Y sin embargo, ahí estaban, como si siempre hubiesen estado cerca. Con esa confianza que une a los desconocidos que estaban esperando conocerse.
Él era todo lo que ella rechazaba. Ella era la mayor complicación que él se podía encontrar. No pudieron separarse en toda la noche. Ese día él se dejó llevar y ella volvió a sentir. Ambos se rescataron sin habérselo propuesto.

Pero el miedo volvió. Él se empeñaba en apartarla de su camino. Sabía que ella era la que podía romper la barrera que se había construido. No quería. 
Ella siguió haciendo el suicida, pero esta vez esperaba que él la rescatase. Algo había cambiado. Volvía a tener miedo.

A pesar de la confusión, sus caminos volvieron a encontrarse. Una, dos, tres veces. Cada noche chocaban y se olvidaban de todo. Al día siguiente despertaban. Volvían el miedo y la inseguridad.
Ella estaba cansada de fingir. Nunca le había gustado huir, siempre iba de frente. Hasta estrellarse o hasta ganar. Él se alejaba y se acercaba. Un tira y afloja. Una incoherencia. Eso era su vida. 
Ella se estrelló.

Pasaron los días y ambos continuaron sus caminos. Como si no se hubieran conocido. Como si pudieran olvidar lo que habían sentido. Ella siguió haciendo el suicida y él siguió viviendo a medias; sin embargo esta vez no le valía, quería vivir. Quería vivir con ella. 
Cuando volvió, ella lo estaba esperando. Siempre lo había esperado. 

Dos años después se miran a los ojos y sonríen. Ya no queda nada de esos dos chicos que se cruzaron aquella noche de carnaval. Él ha dejado de tener miedo y ella vuelve a tener un motivo por el que luchar.
Siguen su camino de la mano, sonriendo. Se han enfrentado a infinidad de problemas y de complicaciones, se han perdido y se han encontrado. Han crecido y han cambiado. Son más fuertes que nunca. Cuando se miran a los ojos saben que es ahí donde quieren estar. Uno al lado del otro. Se quieren. Se quieren con locura.

lunes, 17 de febrero de 2014

Fronteras, cárceles consentidas.


Hoy voy a hablar de un tema que nunca he entendido y que nunca entenderé.
Como ya sabemos, estos últimos días se ha producido una tragedia en Ceuta. Quince inmigrantes han muerto (tras ser disparados por las autoridades) mientras intentaban cruzar la frontera.

No sé que me produce más asco, si el hecho de que se pueda acabar con la vida de personas sin ningún tipo de pudor, o que en pleno Siglo XXI alguien tenga que jugarse la vida para poder ir de un lugar de la Tierra a otro. Me resulta incomprensible ese empeño del ser humano en ponerse límites, en establecer fronteras, confines. En marcar líneas divisorias que no se pueden cruzar sin tener que pagar algo a cambio, y que la mayoría de las veces, ese algo sea la propia vida.

Está claro que una vez más son el sistema y el dinero los que nos dividen en porciones y nos ponen obstáculos para que nos quedemos ahí, en nuestro "País", sin molestar, viendo como el resto del mundo se juega la vida por huir de esa cárcel que le tocó simplemente por haber nacido en un sitio y no en otro. La gente se mata por esa "Nación", por ese cacho de tierra en el que creció y del que piensa que es dueño y señor, que le pertenece. Tu vida está condicionada única y exclusivamente a la suerte, al azar. A que abras los ojos en un lugar pobre y éste se convierta en tu pesadilla; o a abrirlos en un lugar rico sobre el que crees que tienes derechos, y en el que las fronteras te parecen una bendición.

No sé, cuanto más lo pienso más irracional y más ridículo me parece todo. Para mí lo normal sería ver la Tierra como algo de todos. Obviamente en cada territorio hay diferentes lenguajes, tradiciones, paisajes, culturas...¿y qué?. ¿Acaso soy yo más persona que un esquimal, un australiano o uno del Congo? No entiendo por qué hay que poner limitaciones a algo tan natural como es moverse por tu propio planeta. Por qué hay que marcar diferencias y clasificarnos dentro de unos márgenes imaginarios que nos creamos nosotros mismos. No entiendo por qué hay que sentirse intruso en un territorio simplemente porque te encuentres de un lado o de otro de la frontera. Y sobre todo, no entiendo cómo se puede consentir que el precio a pagar por cruzarla sea la propia vida. 

Está claro que mientras se siga con esta mentalidad seguirán pasando estas atrocidades. Mientras la riqueza se concentre en cuatro puntos y esos puntos estén amurallados para que nadie venga a quitarnos lo que nosotros previamente hemos quitado, viviremos tranquilos y felices. Estas noticias seguirán siendo una página molesta en nuestro periódico. Algo desagradable que es mejor no analizar. Seguiremos pagando nuestros billetes y peajes para visitar esos lugares paradisíacos cerrando los ojos a la población que los habita y a las tristes condiciones en las que vive. Volveremos a nuestros hogares sintiéndonos amos y dueños del mundo.
Y no. Sólo seremos peones con dinero para que nos abran la jaula.


martes, 11 de febrero de 2014

Qué sería de mí si no existiera yo.


A veces nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.

Presión, complicaciones, pensamientos negativos, confusión. Productos fabricados por ese "yo" que llevamos dentro y que a menudo se olvida de quiénes somos y de qué es lo que queremos realmente.
Cuando todo va bien se revela. Nunca está conforme. Siempre quiere más y no te deja disfrutar de lo que tienes. Complica las cosas buscando cambios, un poco de emoción. Odia la estabilidad y no se fía de la calma. Hace que te pierdas.
Cuando las cosas van mal se vuelve indefenso, se rompe, tiene miedo. Te hace quedarte quieto, te impide moverte hacia una salida. Hace que te sientas un perdedor.

La peor batalla no está ahí fuera, está aquí dentro. Está ahí, en ese cuarto oscuro, en esa voz que te atormenta. Si te dejas llevar por ella estás perdido; pero no puedes huir, eres tú. Te sientes extraño dentro de una vida que no sabes si te pertenece. Quieres más pero no sabes el qué. Quieres huir pero no sabes a dónde.

Muchas veces he odiado esa parte de mí. La que me desestabiliza, la que me ciega, la que me lleva a dejarlo todo por nada. No sé si seré yo o es parte de la esencia de las personas. Esa tendencia a inmolarnos. A no estar nunca conformes. A seguir los caminos más difíciles y a ir directos a los precipicios. Ese empeño en convertir nuestra vida en una comedia en la que somos protagonistas. En buscar respuestas cuando ni siquiera nos hemos planteado preguntas. En jugar con nosotros mismos. 
A veces pienso que me gusta perderme. Que busco estrellarme. Equivocarme. Que tengo que pegar un giro de 180º aunque sepa de antemano que no lo necesito.

Luego me doy de bruces con la realidad. Despierto. Abro los ojos y me doy cuenta que no. No quiero nada de eso. Tiemblo. Pienso en lo cerca que estuve de perder todo por... ¿qué?. Ni yo misma lo sé. Entonces sonrío. Sé que me va a volver a pasar. Que volveré a convertirme en mi enemigo.

Pero también sé que cuando vuelva a abrir los ojos, tendré las cosas más claras que nunca. Volveré a ser mi aliada.