Él tenía miedo, huía de todo aquello que le hacía perder el control sobre su vida. Vivía a medias. Buscaba esa sonrisa cálida en los bares. No quería encontrarla. No quería complicaciones. Pensaba que así estaba bien.
Ella hacía el suicida por la vida. No tenía miedo a nada. No podía tomarse nada en serio. Moría cada noche para volver a nacer al día siguiente. Estaba cansada.
Esa noche ambos salieron como cada noche. Sin expectativas más allá de unas cuantas risas y un poco de calor en algún bar. Cuando se cruzaron en aquel callejón, todavía no sabían que ese instante lo cambiaría todo.
Ese 20 de febrero él y ella volvieron a vivir.
Eran unos extraños, pero se conocían de toda la vida. Nunca habían hablado. Nunca habían pensado en hacerlo. Y sin embargo, ahí estaban, como si siempre hubiesen estado cerca. Con esa confianza que une a los desconocidos que estaban esperando conocerse.
Él era todo lo que ella rechazaba. Ella era la mayor complicación que él se podía encontrar. No pudieron separarse en toda la noche. Ese día él se dejó llevar y ella volvió a sentir. Ambos se rescataron sin habérselo propuesto.
Pero el miedo volvió. Él se empeñaba en apartarla de su camino. Sabía que ella era la que podía romper la barrera que se había construido. No quería.
Ella siguió haciendo el suicida, pero esta vez esperaba que él la rescatase. Algo había cambiado. Volvía a tener miedo.
A pesar de la confusión, sus caminos volvieron a encontrarse. Una, dos, tres veces. Cada noche chocaban y se olvidaban de todo. Al día siguiente despertaban. Volvían el miedo y la inseguridad.
Ella estaba cansada de fingir. Nunca le había gustado huir, siempre iba de frente. Hasta estrellarse o hasta ganar. Él se alejaba y se acercaba. Un tira y afloja. Una incoherencia. Eso era su vida.
Ella se estrelló.
Pasaron los días y ambos continuaron sus caminos. Como si no se hubieran conocido. Como si pudieran olvidar lo que habían sentido. Ella siguió haciendo el suicida y él siguió viviendo a medias; sin embargo esta vez no le valía, quería vivir. Quería vivir con ella.
Cuando volvió, ella lo estaba esperando. Siempre lo había esperado.
Dos años después se miran a los ojos y sonríen. Ya no queda nada de esos dos chicos que se cruzaron aquella noche de carnaval. Él ha dejado de tener miedo y ella vuelve a tener un motivo por el que luchar.
Siguen su camino de la mano, sonriendo. Se han enfrentado a infinidad de problemas y de complicaciones, se han perdido y se han encontrado. Han crecido y han cambiado. Son más fuertes que nunca. Cuando se miran a los ojos saben que es ahí donde quieren estar. Uno al lado del otro. Se quieren. Se quieren con locura.


